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El antiguo primer retén de los carabineros de la Estancia


El sábado recién pasado llegué recorriendo hasta los parajes de la Escuela Agrícola, pero no repetí el mismo trayecto de siempre, entrar y quedarme bajo las grandes sombras de los álamos que sembró a fines del siglo XIX don Arismendi, trayendo los cogollos desde Río Mayo. Pasé de largo y quise quedarme con las imágenes de los Bórquez, vecinos de la casa antigua de los Novoa, desde cuyos árboles repletos de cerezas yo escuchaba cuando niño las intensas actividades de las enfardadas y las carretas repletas de leña recogida.

En cierto momento creí sentir los mugidos de los esbeltos muelles o los graznidos de los 34 gansos que volaban de aquí para allá a la misma hora precisa de los inicios del crepúsculo. Había una tranquera cerrada y entré por una oquedad lateral, con grandes dificultades ya que mi cuerpo no refleja la esbeltez de cuando era niño.

Lo primero con lo que me encontré fue con esa casa, medio derruida pero firme aún, llena de óxidos sus planchas de techo, carcomidos sus antiguos maderas, destruidos sus niveles de puertas y ventanales. Me imaginé tiempos pretéritos con los primeros individuos de tropa llegando ateridos de frío a buscar ahí el refugio para sus cuerpos. Recordé los testimonios de Jaramillo que allí llegó, de Mayorga, Vásquez, de tantos otros que me contaron sus viajes de tiempo y juventud.

Pero esta era otra casa, era la comisaría ochenta años después, derruida y cayéndose. No perdí ni un solo minuto y disparé fotos, muchas de ellas malas, desenfocadas por la emoción del momento y que me encuentro revisando y seleccionando.

Fernando Japque llegó a trabajar con los ingleses ya casi al final de los años 40, como capataz de hacienda de la sección Longaví, que es donde yo tomé las fotos de aquel retén. Don Fernando se desempeñó como capataz primero en la sección de Ñirehuao, siendo después trasladado a la sección Maravillas, un cuadro ganadero de gigantescas capacidades, según fotos impresionantes que acaban de llegarme, con nitidez soberbia, miles de cabezas de ganado y sus capataces y peones mirando hacia la cámara siempre precisa de Rabah.

Estoy hablando entonces del primer retén que existió en el territorio de Aysén, a fines del siglo XIX cuando los administradores ingleses de esta parte de Coyhaique Bajo se encontraban levantando y organizando sus actividades estancieras según el convenio de arrendamiento con el gobierno. Me contaron esa mañana que aquí funcionaban esos primeros carabineros que vestían el uniforme azul. Según la disposición de estos uniformados, el color caqui comenzó a usarse por decreto desde 1927, pero antes los uniformes eran de color azul con un casco redondo, modelo inglés, forrado en género azul marino, con punta de metal blanco. Al frente portaba un número de orden y, poco más arriba, el número de la Comisaría.  La blusa era de paño azul marino, con dos bolsillos superiores superpuestos, con fuelle al centro y tapa de tres puntas abrochada al centro con un botón chico de metal. Los grados estaban señalados con estrellas de paño granate en las mangas y con tiras del mismo paño en las palas. El pantalón era de paño azul gris, recto o de montar. Usaba zapatones o polainas, y cinturón blanco con chapa de metal blanco con estrella. Zapatones y polainas de color negro correspondían a las zonas Central y Sur, en tanto que el amarillo distinguía a la zona Norte.

Estamos en presencia de esos años, aquí en este retén viejo que aún permanece en pie por obra de un milagro aquí, a cuatro kilómetros de Coyhaique.

La casa está en el sector colindante de la Escuela Agrícola, vale decir en el predio de los Bórquez, al lado. Y la ubicación del retén se dio en momentos en que no se hablaba todavía de un poblado como Baquedano, siendo los dos puntos estratégicos más importantes la administración de la Agrícola, el puesto El Zorro y el retén de Coyhaique Alto que era capaz de entroncar hacia las estancias de Ñirehuao y Baño Nuevo. Incluso la disposición de la casa mira hacia el oriente, vigilando acontecimientos entre ambos retenes. Es una casa de dos aguas, dos puertas principales con sus dos ventanas laterales y en la parte posterior solo una ventana que ocupa muy poco espacio, deduciéndose de este modo la existencia de un calabozo que no sumaba ventanas y que se encontraba en el ala norte, dando la espalda a los añosos álamos que ahora están pero que antes no existían. Una gran chimenea de cemento completa la estructura de la casa, ubicada al centro de la casa, emergiendo justo en la mitad de la casa, suponiéndose la existencia de un salón central espacioso con oficinas y comodidades hogareñas.

Para lograr accesos a los puntos importantes de reconocimiento y acceso a la capital, el puerto, y los poblados a Balmaceda y el Valle del Simpson, se utilizaba la huella de caballos hacia el centro de la pampa del corral, lo que sería después Coyhaique, y en cambio hacia Coyhaique Alto la ruta se ensanchaba por su mayor importancia, dándose ínfulas de superioridad el recién señalado camino de Punta El Monte y Ñirehuao, que entroncaban hacia el retén fronterizo.

El antiguo retén de la Estancia me dio un latigazo de pasado y me hizo preocuparme, al pensar que las obras que permanecen intocables son las que pertenecen a los particulares, dándose a conocer una política bastante errada en esto de la preservación de nuestras cosas, en ese afán por creer en la modernidad y destruir sin conservar. Es como una novela que se diseñe y escriba en un computador y que no se creen respaldos o backups. ¿Qué pasa si se produce un daño en el disco duro? Desaparece todo. No será ese respaldo de nuestras maravillas arquitectónicas lo que le falta a nuestros municipios?  ¿Y estará incluido también este retén en los elementos que hay que preservar?


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