Nos contaron después, en los 50, cuando el pueblo ya era algo que se había metido en todo, que eran hartas las ovejas, que las cuidaban tanto, que después de las esquilas las bañaban y las llevaban a las pampas por semanas, que había tantos arreos, tantos troperos con perros y pilcheros que avanzaban por el páramo. Las ovejas no eran tan nuestras como pensábamos, sino un burdo negociado de concesionarios que la pasaron harto bien después de todo.
El espacio entre el canto de la lluvia y el corazón de los que llegaron primero, estará siempre vivo aquí y ahora.

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