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Huenchuleo, que jineteen los carabineros


En 1929, el bizarro carabinero Jerónimo Huenchuleo Montanoff se encontraba trabajando en la Octava Comisaría de Santiago y ejercía el cargo de Caballerizo y Domador del Departamento de Remonta, cuando preguntaron por él en la puerta y tuvo que ir a presentarse. Fue la primera vez que vio a Marchant, a la sazón recién asumido Intendente del Territorio de Aysén.

Marchant andaba reclutando gente para que le acompañara en su delicada misión de administrar un territorio imposible y entre todas las dificultades que enfrentaba se hallaba la de prospección de rutas, sendas, acantilados y terrenos peligrosos que sólo un hombre con su pericia podía resolver. Fue entonces que llegó hasta el mismísimo lugar de trabajo del indio gaucho más cotizado de los parajes del sur.

—Tú sabes a qué vengo —le inquirió.

—No, general.

—Quieres ir al áysen? Hay trabajo para ti…

Diez días más tarde habían llegado en el vapor Coyhaique hasta los molos nuevos de Puerto Aysén. Pero también se sumaron al grupo tres individuos de tropa para integrar piquetes de reconocimiento y los carabineros que engrosaban el primer contingente de la histórica banda de músicos de Puerto Aysén. Marchant no podía ocultar su regocijo cuando recorrió los molos solitarios y se acercó con premura a los que iban a convertirse en sus más fieles colaboradores. Muy pronto, el fornido representante de los carabineros gauchos, mezcla de mapuche y ruso, una cruza imponente, comenzaba a destacar plenamente montando briosos caballos y recorriendo sobre ellos las áreas de más difícil acceso, y provocando el asombro y la admiración entre sus iguales, que exclamaban: ese no parece ser de este mundo. Las misiones se sucedieron una tras otra, primero en los viajes al interior, en las oscuras selvas de Lago Riesco, sobre las intrincadas florestas de Río Los Palos o en los insondables bardones del Mañihuales, siempre acompañando a un Marchant apesadumbrado, cuyo cuerpo gordinflón y sedentario no estaba preparado para semejantes aventuras. Aún así, cuando el buen intendente les había arengado, la advertencia había salido precisa y conminatoria: los mapas son nuestros guías, pero ustedes están aquí porque conocen detalles que no aparecen  en los mapas. En aquellos primeros meses Huenchuleo tuvo que ir a dejar profesores al Balseo porque se estaba formando la primera escuelita. Después acompañó a muchos superiores en viajes de reconocimiento, abriéndose paso por selvas y cordilleras en un insano movimiento de avances y conquistas, incluso navegando desafiantes por las caudalosas aguas de los ríos que venían de Lago Verde. Entretanto el experto reconocedor destacaba también como jinete y domador de potros, en aquellos lances camperos que muchos conocían y valorizaban, siendo la pericia y la destreza en el manejo animal el mejor incentivo para romper todas las filas del mundo.

Cierta mañana de domingo se encontraba Huenchuleo en los cercos de alguno de los sectores de la estancia donde se había reunido el selecto grupo de los domadores y jinetes corredores, cuando alguien deslizó  entre los grupos la palabra desafío. Estaban separados los eternos rivales, los marcarruedas y los carabineros, contendores en cualquier competencia, incluso en el truco y las bailantas, justo cuando un matungo oponía encarnizada resistencia a los embelecos de un amansador, alguien dijo:

—Que jineteen los carabineros.

Sin pensarlo dos veces, el indio Jerónimo se acercó al palenque con decisión y pidió que le amarraran al flete para montarlo en pelo. Con las patas apoyadas en el suelo, pero corcoveando, quedó casi a punto el matungo. Y una vez que dieron la partida, Huenchuleo ni charqueó nunca ni castigó, sólo se agarró de la lonja del pescuezo y ahí estuvo revoleando el rebenque por un casi un minuto, acompañado porpor los gritos de la peonada. De ahí en adelante fue obligación mentarlo al mapuche cuando se conversaba de domaduras y su nombre prendió firme entre los ámbitos gauchescos.

Huenchuleo destacó como héroe en las difíciles misiones de reconocimiento y fue paladín inclaudicable entre la gente trabajadora de la estancia. Siempre encontró el derrotero preciso y emitió juicios con acabado conocimiento sin apoyarse jamás en cartas o mapas. Quedaba establecida de esa forma la intuición de Marchant de tenerlo entre sus aliados, único conocedor cabal de dimensiones y distancias. Falleció en Puerto Aysén en 1981 rodeado de sus paisanos y familiares, bordeando casi los 100 años, viejísimo, pero animoso y provisto de una exultante lucidez.


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