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Martín Tolosa en el recuerdo


Era invierno, año 1938. Don Martín Tolosa Poblete fletaba carga a Puerto Aysén y ocasionalmente uno que otro pasajero entre Balseo y el poblado de Coyhaique. Pero aquella mañana no sería igual a todas, porque le avisaron a don Martín que los frenos de su camión no andaban bien. Preguntó inquisitivo, buscando respuestas favorables: “Será para tanto que no lleguemos a Coyhaique”. Claro que no podrían llegar. 

Las soluciones fueron pasajeras e improvisadas. Y aquel error precipitaría los acontecimientos. Varios hombres opinaron lo mismo: “Hay que arreglarlo con alambres. Después se llevarán al taller”. Y ese fue el detalle que los perdió a todos. a tarde estaba con el cielo limpio, a pesar del invierno. El frío no se soportaba en la carrocería del camión. Dando fuertes tumbos por los hoyos del camino recién asentado, el vehículo parecía resistirse a continuar. Pero a don Martín los frenos le iban respondiendo bien.

Cuando el camión pasó raudo por la escuelita del 10, algunos estudiantes saludaron su lenta marcha rumbo a Coyhaique. Varias personas comenzaban a embarcarse a medida que transcurría el trayecto, mujeres hombres, niños, todos iban arriba en lo más alto de la carrocería- No tan cómoda por cierto, pero el fin justificaba los medios. Había que llegar a Coyhaique a como dé lugar, y tal vez por lo mismo el viaje era bueno.

De pronto empezó a llover y los desprevenidos pasajeros, empapados de agua sólo atinaban a acercarse unos a otros para protegerse entre ellos. En la cabina, Martín Tolosa con dos pasajeras en silencio, guiaba  el pesado vehículo que hasta ahora había respondido bien. Aún recordaba su llegada al poblado en 1934, junto a su mujer Ruperta Morales. A lo mejor ella estaría en casa, esperándole. Y también su hija Uberlinda.

Tomó el ripio suelto de Los Torreones, endilgando por la recta del 26. Atrás quedaba la terrazón del paso de las ruedas duras en contacto con la carpeta de cascajos, el sinuoso serpentear del camino en lento y parsimonioso avance. Iban todos en silencio, el ruido del motor no permitía diálogos ni palabras, sólo gestos y ojos abiertos y gesticulación de manos. Se estaba bien ahí, mientras la lluvia pertinaz y desalmada continuaba cayendo allá afuera. Mientras tanto, atrás, el grupo de pasajeros continuaba refugiado en mantas y ropajes diversos, todos improvisados, con  movimientos bruscos y pesados y una inercia especial del avance que les obligaba a descolocar los cuerpos, desplazándose varias veces unos centímetros del centro. El ruido parejo del motor y el olor a combustible pronto hacía que unos se durmieran, pero el entorno brutal de montes y riachuelos, de verdes y gigantescas bardas y precipicios se venían encima del camión en feroces lontananzas de viento norte junto a la lluvia briosa, como queriendo proponerle al grupo una inolvidable última tarde. Porque esa era la última.

Las Pizarras del Correntoso no tenían por qué haber tenido tanta riada descolgándose, ni tampoco los helechos ni el verde quilantal florido del camino. Las distancias son perversas en la Patagonia.

El alambre que habían apretado en Aysén había comenzado a aflojarse y de pronto se desapretó tan rápido y tan definidamente que la tarde entera se vino encima de todos y el bosque se dio vuelta en sí mismo como si fuera un guante. Entonces, el pesado vehículo no pudo responder cuando el pie derecho de Martín Tolosa presionó el pedal del freno y entonces todo comenzó a terminar para ellos. La máquina, inclinada hacia el lado derecho, sin gobierno posible, y un río abierto esperando allá abajo, hicieron que todo se precipitara en un solo segundo. Atrás, una mujer recibió un quilanto que la hizo quedar a salvo fuera de la carrocería. Con sus manos heridas, quedó colgada de los ramajes más altos, junto a dos carabineros. Sólo ellos y nadie más. El resto de gente fue tragado por las aguas correntosas y profundas de un río sin misericordia. Sólo una rueda aparecería flotando, lo demás se fue a fondo y hasta ahora no aparece. Ni los cuerpos, ni el vehículo, como si allí en aquel sitio de tan espléndida belleza se sentara a meditar el tiempo acompañado por la muerte.

Todos los que vivieron aquella época del accidente del camión de Martín Tolosa guardan la inmensa emoción de haber perdido a tanta gente conocida, parientes y amigos. Aquella mañana ominosa de los alambres en El Balseo y el viaje indetenible de unas personas confiadas en un camión que no podía continuar, no podrá ser fácilmente olvidada. Un solitario monolito y las escenas desgarradoras de dolor, además de la solemne misa oficiada en el lugar por algunos sacerdotes de la época, marcan una tragedia que muchas veces continuaría repitiéndose en aquel camino.


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