Protejo el alma florida, de quizás cuántos otros que anduvieron tanto, y aferrados a su precaución, nadaron, corrieron, volaron... A veces, un tañido, otros péndulos que vibran cercanos. Mientras tanto, la mano nunca tembló, no salió sin entrar, no volvió si no estabas. Al oído suenan caracolas de río adheridas a las espinas. Creo en lo siguiente, busco lo que fue. Sal, furia desbandada. Vete ya.
Gloria y Alejandro Gutiérrez Andrade parecen pertenecer ya a un suelto de olvidos del Coyhaique solo, montaña arriba por sitios que hoy están plagados de calles y tejidos urbanos de grandes dimensiones. Ella nació en Quirihue, cuando su padre se manejaba por esos lugares, antes de que fuera Director del Hospital Siquiátrico de Santiago. Su padre era médico y se llamaba Alejandro Gutiérrez.

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