Ir al contenido principal

Zoraida Villegas Oyarzún, la tía Lala

 

Debe estar oyéndonos aún en los programas radiales que tanto le gustaban, donde los abuelos viajaban buscando recodos de tiempo inconcebible. La tía Lala lloraba de emoción al encontrarse en la sintonía de esos espacios perdidos en la música del alma y en los recónditos pasajes de los testimonios de tantos próceres del principio. Es que ella pertenecía a los primeros tiempos de calafates en la plaza, cuando la ciudad terminaba en Sargento Aldea.

Llegó en 1941 a enseñar en las escuelas rurales. Y anduvo en muchas, al compás de la vida apaciguada de los campos. Se la alcanzó a ver por las escuelas rurales de Bahía Erasmo, por ejemplo, aterida por el viento del océano; se la divisó permanentemente en su escuelita de Arroyo El Gato. También en Río Richard, en Valle Simpson. Y siempre de frente a sus educandos, atendiendo consultas, enseñando a leer, a hablar, a calcular, a enfrentar el mundo desde una perspectiva distinta. Tantas horas dedicadas a aquel virtuoso oficio de entregar una vida por sus alumnos.

Era casada con un hombre particularmente destacado en sus oficios de carpintero para los ingleses allá en la Estancia Baker, y que un día fue asignado como uno de los trabajadores de planta de la primera Caja Nacional de Ahorros, en aquella casa de tres pisos al lado del cuartel de los bomberos de calle General Parra. Se llamaba Alfonso Almonacid, y también un día nos contó sus historias que traeremos en cualquier momento.

La señora Lala había empezado su labor docente al lado de la capilla donde fue velada hace pocos días atrás, en la pequeña escuelita  que estaba al lado de la primera catedral frente a la plaza, cuando dirigía el establecimiento su primer director, el padre Gabriel María Cola. Le hizo clases a Juan Alonso Biava, a Fernando Echevarría y a Ernesto y Arturo Rochat. Posteriormente la trasladaron al viejo galpón donde funcionaba la Escuela General Baquedano que luego sería arrasado por un voraz incendio. Funciona ahí el actual Liceo Juan Pablo Segundo. El tiempo raudo la encontró siendo nombrada para cumplir horarios en varios establecimientos subvencionados, la E-35, la D-18 y la Escuela Diferencial 20, donde incluso le correspondería asumir capacitaciones en la Quinta Burgos. Finalmente llegó a asumir el máximo orgullo de su carrera, el objetivo final de alfabetizar a gente adulta. Sus sueño fue cumplido con creces al permanecer muchos años en el reconocido establecimiento de educación de adultos C.E.I.A. donde cientos de ex alumnos la recuerdan con nostalgia y verdadero cariño.

Muchísimos eran sus recuerdos y las imágenes se formaban solas cuando había motivaciones. Nos llamaba al programa para consultarnos, para invitarnos a tal conmemoración, pero más lo hacía para corregir errores, aportar informaciones, opinar sobre lo que sentía al escuchar la música campera que le dejaba evocaciones de sus huellas como maestra rural.  Ella se sentía orgullosa de su esposo, de aquel hombre que le acompañó por casi 60 años y con el cual llegó cuando recién había cumplido los 23, en aquel Coyhaique aldeano cuando todavía funcionaba la estafeta de correos de la señorita Victoria, debiendo sortear varas y potreros para llegar a buscar la correspondencia cantada y donde las cosas para el diario las tenía que ir a comprar a la pulpería del almacén El Centenario en la calle Baquedano.

Su única hija es Erica, quien desde hace muchos años ha bregado para que el himno a Coyhaique, que se cantaba obligatoriamente en las aulas escolares, sea reivindicado como mensajero del estudiante patagón contemporáneo. Creemos que es una batalla que hay que seguir librando.

Se fue la señora Lala y nos quedamos con su sonrisa, abiertamente feliz de haber estado en la Patagonia compartiendo la vida que siempre soñó, allá arriba donde las señales del compartir conocimientos con sus alumnos es gratificante. La tía Lala dejó semillas, cantó con su gente los cánticos del alma, ayudó a salir del paso a la gente adulta, rió ensimismada en los recuerdos, como si nunca hubiera sido difícil venirse a Aysén en octubre de 1941, cuando Coyhaique era tan sólo un  villorrio que respiraba mansedumbres.

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Heraclio del Campo, un verdadero caballero de nuestras fundaciones.

Una de las primeras experiencias comunicativas que me ha correspondido producir en mis intentos de proyectar los sucesos de nuestras aisladas historias comunitarias, ha  estado relacionada con los  minuciosos detalles de la fundación de Coyhaique, para lo cual he consultado gran cantidad de fuentes, y me he contactado con sus arranques y nacimientos, pudiendo interpretar generosamente en un vuelo alto y sincero, todos estos acontecimientos que nos unen. 

Manuel Regular, tropero viejo de la Patagonia

Juan Manuel Regular apareció por primera vez en la vida dentro de una imagen de hombre tratando de aquietar unos caballos en el predio de Feliciano Echevarría viejo. Luego me contaron sobre él como si fuera una persona muy acreditada y extremadamente admirable, como tropero de confianza del distinguido pionero. Al año siguiente de haberlo descubierto en las fotos, en la panadería de don Chano de la calle Bilbao, le fui a conocer a su casa alentado por su hijo que nos escuchaba en los programas gauchos de la radio. Vivía en calle Brasil, población Marchant. Y me contó su vida de un solo tirón.

Vaga una cárcel de palabras acalladas

Vaga una cárcel de palabras acalladas, vientos breves por los que se filtra la vida misma. Me encuentro en un año 56 transido por el invierno vehemente y los obreros municipales tratando inútilmente de volver a parar postes de alumbrado caídos por las últimas nevazones. Bajo dos metros de nieve blanda yacen enterrados seis postes en Ignacio Serrano esquina Bilbao. La gente que transita por ahí lo hace con mucha precaución, en silencio, transidos de presagios. Algunos pasan fumando, se levanta el vaho de la boca por el aire frío.