Temprano se abrieron las tranqueras el domingo para que no se demoraran los primeros volteos del matadero de la calle Baquedano, impasible y sola, sin casas ni manzanas ni barrios. Su única casa de cemento estaba en la esquina frente al regimiento y creo que aún no se va esa imagen casi mítica, se mantiene incólume incluso desde el nacimiento de Baquedano, al instaurarse este tremendo funcionarismo a mediados de los 40. Ahí vivía el suboficial Melo, fue el primero y yo jugaba con sus hijos camino a la escuela Superior de calle Prat porque eran mis amigos. Más allá todavía, había otra casa de otro oficial, no me equivoco si digo que la del propio comandante, su sitio original antes que se pensara en la de frente a la plaza. Era el comandante Gonzalez, padre de Lincoyán González, una casa de madera puesta justo en la confluencia donde se tocaban ambos ríos, más allá de la casa bruja de los Caro. Si estoy bien, síganme los lectores. Al frente del regimiento, en medio de un sitio vacío, ha...
El espacio entre el canto de la lluvia y el corazón de los que llegaron primero, estará siempre vivo aquí y ahora.

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